viernes 20 de noviembre de 2009

Dibujando

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Ya terminé de dibujar las muñecas que me proporcionó la profesora. Ahora creo que tengo que comenzar a dibujar modelos de revistas.



Y como he encontrado estos dibujos tan bonitos, es lo que dibujaré antes de ir a las revistas de moda.



Me están quedando muy bien, aunque yo las pinto en blanco y negro.



Además, esta tarde, en cuanto he llegado a casa, he rebuscado en los armarios toda esa ropa - vestidos, camisas, faldas... - que ya no usaba y que pensaba tirar. La he lavado y una vez seca y planchada la voy a deshacer, para aprovechar toda la tela posible.



Esa tela me servirá para hacer adornos, aunque tengo que ir comprando telitas lindas porque tengo muchos proyectos en mente.



Ayer hice el patrón del delantal que voy a hacer y regalar a mis chicas y chicos del grupo Dulcinea. Serán iguales pero con algún toque diferente.



Incluso le voy a hacer un delantalito a Nadia- una nueva Dulcinea - , que nacerá en el próximo marzo.



También tengo que hacer el patrón de mi falda tubo que tendrá un largo por debajo de la rodilla. Pensaba ponerle unos falsos bolsillos en blanco con botón en negro, pero los voy a hacer en negro con botón forrado en blanco. E igual para la travilla que irá en la parte trasera.



Estoy descubriendo nuevos blogs, mirando telas, descubriendo todo un mundo de manualidades que me fascinan. También yo quiero llegar a realizar cosas bellas un día no muy lejano.

María del Carmen Polo

miércoles 18 de noviembre de 2009

Delantales

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Yo siempre le llamé mandiles, porque ese era el nombre que les daba en Andalucía, al menos cuando yo era pequeña. Mis abuelas, mis tías, mi madre, pues, tenían mandiles. Y algunos eran realmente bonitos. Solían hacerse se retazos de telas, que no servían para nada más.



Cuando tuve claro que quería hacer Diseño y Moda, prometí a las chicas de mi grupo Simplemente Dulcinea que lo primero que les haría sería un mandil, un delantal, con telas alegres, para que al cocinar se acordaran de mi.



Curioseando por Internet, he encontrado muchos modelos y patrones de delantales. Aquí sólo dejo una muestra de lo bonitos que pueden llegar a ser.



Aunque les tome como referencia, yo quiero crear mis propios delantales, con mi toque especial. Sé que voy a disfrutar haciéndolos. Como haré varios para mí misma, también lo voy a pasar bien luciéndolos, aunque sólo sea para las sartenes y las cacerolas.



Tan sólo es cuestión de elegir una tela alegre, bonita, y ponerse a cortar y coser. Que el estar en la cocina, si nos rodeamos de cosas alegres, se hace más llevadero, sobre todo para las que, como a mí, no nos gusta demasiado pasar el tiempo charlando con los vasos y las cucharas.

María del Carmen Polo

martes 17 de noviembre de 2009

Franqueza

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París. 1950
Fotógrafo: Nat Farbman




-¿Estás segura de que es la última moda? No sé... A mí me parece que ir a la calle vestida de Caperucita no mola, a menos que vayas a una fiesta de disfraces...

-No digas tonterías, no seas envidiosa, y deja mi preciosa capa en paz, que has comido chocolate y me la vas a manchar.

-Pues si luego los chicos te dicen cosas raras, acuérdate de que te he avisado, Coco Chanel.

María del Carmen Polo

sábado 14 de noviembre de 2009

Faldas

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Mi profesora nos ha dicho que tenemos que ir pensando en hacernos una falda, y si es posible una falda difícil, mejor que mejor, nada de faldas rectas o de tubo, que son bastante simples.



Yo estoy dudando en qué falda hacerme. Tengo tres telas que compré en clase, por 1 euro, y que me gustaría aprovechar bien. Como faldas negras y rectas ya tengo dos, quizá me haga una envolvente o de media capa. Quedarían muy bonitas. Mientras me lo pienso, he encontrado unas falditas que bien podría hacerme más adelante...



No es que sean gran cosa, desde luego, pero para ir practicando no vienen mal.



Las faldas de volantes y vaporosas, para el verano me encantan, y sé que me haré algunas de ellas en cuanto llegue la primavera.

A partir de ahora haré algo que nunca antes he hecho: ir comprando dos o tres metros de cada tela que me guste, y las guardaré para cuando surja la ocasión de hacerme una falda, una camisa, una blusa o un vestido.

Me encanta esto de poder hacerme mi propia ropa...

Mari Carmen

domingo 1 de noviembre de 2009

De vista al Museo del Traje



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Como actividad de la clase de Diseño y Moda teníamos que visitar el Museo del Traje, en Madrid. Así que el sábado por la tarde, tras el almuerzo, allá que nos encaminamos, dispuestos a disfrutar de un paseo por la Historia del Traje.



Tantas veces como había pasado por su lado y ni me había percatado de que estuviera allí, qué cosas... En entorno es muy hermoso: cuidados jardines y árboles frondosos que comienzan a dorarse con los colores del otoño. Poca gente en el lugar. Me pregunto si durante la semana habrá más personas visitando este museo. Me sorprendió sus dimensiones: es un museo enorme y, para mi gusto, muy mal aprovechado.



Las salas estaban en penumbra, para preservar la calidad de los tejidos. Fuimos haciendo el recorrido por los siglos pasados a través de sus vestidos, batas, gorritos, joyas, sombrillas, casacas, abrigos, guantes, abanicos, pantalones, zapatos, camisones...

No estaba permitido hacer fotos en el interior del recinto, por eso he tomado los siguientes datos de la página del Ministerio de Cultura.

El Ministerio de Cultura ha adquirido para el Museo del Traje la colección de moda del siglo XX reunida por Enrico Quinto y Paolo Tinarelli.

Se trata de una colección compuesta por más de 880 conjuntos de indumentaria que, por la calidad y variedad de sus piezas, podría formar en sí misma un museo de la moda.



Desde vestidos del mítico Paul Poiret hasta trajes de Victor & Rolf; conjuntos de finales del XIX hasta 2002; vestidos decoradísimos de los años 20; exponentes del New Look de los 50; moda pop de los 70 y todos los excesos de los 80 y 90 están representados en la colección.

Maestros consagrados de la moda como Balenciaga, Madame Gres y Pertegaz, junto a autores de la alta costura como Valentino, Saint Laurent, Christian Dior, Versace o Westwood. Todo un elenco de diseñadores que muestran el abanico de las tendencias en el vestir del último siglo.



En síntesis, la colección hace un repaso por los principales diseñadores del panorama internacional del siglo XX, y deja un fondo de armario fundamental para el estudio de la moda y de su desarrollo, y para la planificación de sus exposiciones temporales y permanentes del Museo en los próximos años.


Sombrilla

Cubierta semiesférica, realizada en tejido de seda con orillo visible en el borde. Tiene ocho varillas, cosidas a mano al tejido de la cubierta, vástago, regatón metálico y mango liso de madera de haya barnizado, rematado en pomo metálico plano. En el pomo del mango retrato de una dama del siglo XVIII, realizado sobre cartón simulando una pieza esmaltada. Decoración pintada a mano sobre la cubierta, con motivos de frutos y flores que dibujan guirnalda de naranjas, ramas de lilas y hojarasca con efectos de luces y sombras en colores rojizos, anaranjados, lilas, violetas y verdes, el borde de la sombrilla presenta unos motivos adamascados.



Casaca

Casaca en Gros de Nápoles en seda azul turquesa. Se cierra en el delantero por una pieza triangular llamada peto que falta en esta pieza y ha sido sustituido por una replica neutra. La casaca está decorada con un bordado realizado en seda e hilo metálico que compone una escena de jardín. Rococó 1740.

Es un bello ejemplo de las casacas femeninas que se llevaron en la primera mitad del siglo XVIII. Los patrones de casacas femeninas que Juan de Albayceta incluye en su libro de 1720 nos permiten conocer en detalle las hechuras de estas prendas que se completaban por delante con una pieza triangular llamada peto. El rasgo más típico de estas prendas ajustadas son sus pliegues laterales, abertura trasera y las grandes vueltas de manga, generalmente de forma triangular de paramentos lisos o con pliegues horizontales. Esta casaca tiene la vuelta de manga de forma triangular que en Francia se le llamó en raquette y en España mangas de ?bota?. El Musée de la Mode et du Costume de París (Palais Galliera) guarda una casaca muy parecida a ésta, fechada hacia 1740. También el Costume Institute de Kyoto tiene una de procedencia italiana.



Vestido

Vestido de lino en su color con cola. Cierra en el centro del delantero con dos pasacintas. Esta decorado con un bordado con hilo dorado y lentejuelas formando una ancha cenefa con decoración floral y pabellones.
Neoclasicismo. 1800-1805.

Tras la Revolución Francesa el traje femenino cambió radicalmente. El talle se colocó bajo el pecho y se olvidaron las armaduras interiores. Se prefirieron la telas finas de algodón o lino a imitación de los tejidos que lleva la estatuaria clásica, modelos de inspiración para toda la moda potsrevolucionaria. En España, durante estos años, a este tipo de vestidos se les conocía con el nombre de camisa.



Traje

Conjunto formado por cuerpo y falda en tafetán de seda y raso. Cuerpo entallado y armado con ballenas, cuello a la caja y delantero terminado en suave punta. Un volante en cinta de seda con orillos vistos arranca del delantero en forma de uve. Sobremanga en forma de pagoda, rematada con un doble volante. La manga interior termina en un puño abierto, con un entredós y puntilla mecánica de remate festoneado en el borde, aplicado con vainica. Falda larga, con vuelo, fruncida en la cintura y galón de refuerzo en el bajo. 1850-1858 (ca) Donación de Eusebio Güell (Vizconde de), 1934.

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La visita puede ser hecha en un par de horas, cómodamente. Nosotros tardamos algo menos porque no nos detuvimos a visualizar todas las pantallas informativas que uno encuentra casi en cada sala. Como experiencia fue muy agradable. Tantas telas hermosas, tantos metros de tela empleados, tantas manos para realizar los bordados... No hay duda de que los trajes y vestidos de hace unos siglos eran tremendamente laboriosos, pero la ropa de los siglos siguientes no carece de encanto ni de mérito, a pesar de ser algo menos complicada de elaborar.

Los que vivan en Madrid, o lleguen aquí de visita, si pueden, y están interesados, deberían darse una vueltecita por el Museo del Traje. Verás prendas fabulosas, hermosísimas, y también, todo hay que decirlo, esperpentos que no sé quién podría ponerse.

María de Carmen Polo

miércoles 28 de octubre de 2009

Aprendiendo a dibujar figurines



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Pues, sí, estoy aprendiendo a dibujar figurines, y estoy encantada. Al mirarlos, al contemplar mis dibujos, siempre me acuerdo de los figurines que tenía mi abuela Eladia.

¿Dónde dormirán todos aquellos figurines que mi abuela y mi tía utilizaban para dar formas bonitas al organdí, la seda, la cretona, el algodón, el lino...? ¿Se fueron perdiendo, en nuestra casa, cuando la abuela ya dejó de coser? Los recuerdo bien porque andaban repartidos por toda la sala que hacía las veces de comedor y de sala de costura. Allí descansaban, sobre la mesa junto al jaboncillo y las tijeras; en los asientos de las sillas de cuyo respaldo colgaba la cinta métrica, o medio doblados en los canastos de los retales...



Yo me entretenía mirándolos. A veces incluso dibujaba sus figuras. Y siempre me hacían soñar con vestidos vaporosos, elegantes, que yo luciría por la calle o en un gran baile. Su colorido, su aspecto, su gracia, me fascinaban. Hubiera querido que me los hicieran todos, pero había que elegir.

Unos meses antes de las fiestas patronales, lo normal era que las mujeres se hicieran un vestido nuevo. También las niñas y las adolescentes. Recién estrenado el verano, la casa de mi abuela era un bullir de gente que entraba y salía, de sonidos de máquinas cosiendo mangas, cinturillas, haciendo pespuntes, acompañados de cuchicheos, de risas, y de moscas zumbando a nuestro alrededor. Y el pegajoso calor...

Y lo que no podía hacer la máquina lo remataban las expertas manos de mi abuela, de mis tías, de mi madre.



Las sesiones de costura tenían algo de tranquilizante, por su rutina. Me embelesaba cómo mi abuela tomaba medidas, cómo alisaba la tela, con mimo, cómo pasaba el jabón dejando un rastro azulado que después recorrería la tijera, firme y suavemente.

Jaretas, bodoques, festones, vainicas, puntillas, volantes... todo eso terminaba de embellecer una falda, un vestido, una camisa. Y el día de la feria, en la misa, en el Paseo, en la calle Mayor, casi todas lucirían, orgullosas, sus nuevas ropas, esas prendas que sólo se usarían los domingos y fiestas de guardar, porque el dinero escaseaba y la vestimenta se aprovechaba hasta el límite.



Las modistas tradicionales y los figurines marcaron una parte de mi infancia. Aún tardaría en llegar la época en que comprar vestidos, abrigos, faldas, camisas, sería algo barato y, en algunos casos, compulsivo. Todavía faltaba tiempo para que nuestros armarios rebosaran de prendas que, con una puesta o dos, dormirían colgadas de una percha hasta que, hartos de ver siempre el mismo color y la misma forma, terminarían hechos trapos para limpiar cristales o en la basura.
Aquellos figurines tenían la capacidad de mostrarnos una parte del mundo, lejana, de gustos exquisitos, de ciudades brillantes, y de hacernos desear conocerlo. Y ser como las muñecas-maniquíes que lucían los vestidos: Coquetas, sensuales, delicadas, deliciosas...



Los figurines desaparecieron de casa de mi abuela y desaparecieron también del mercado. Se acabó un tiempo que fue sustituido por otro más dinámico, más rico, más moderno. Fueron reemplazados, con el paso de los años, por las revistas tipo Burda y otras donde te entregaban los patrones y tú misma, sin ser modista, podías hacerte, con un poco de habilidad, una ropa estupenda. Pero rara vez quedaba como en la foto y menos aún a ti te quedaba como le quedaba a la bella joven que lo llevaba encima.

Proliferaron las tiendas de ropa. A los mercados y mercadillos llegaban vendedores cargados con todo tipo de trajes, a precios muy asequibles. Se acabó lo de tener un solo vestido para el domingo y fiestas de guardar. Las pasarelas de todo el mundo nos mostraban, a través del televisor, las tendencias de la moda, a veces extravagantes, otras con diseños imponibles, y, en general, para ver y poco más. Ropa exclusiva a la que pocos tienen acceso. La calidad, excepto para las firmas, se empezó a resentir.



El colmo del abaratamiento y de la mala calidad nos llegó desde China, con sus tejidos de ínfima clase. Vestidos horrorosos, de pésimo gusto, podemos verlos en los múltiples escaparates de las tiendas chinas que se diseminan por nuestras ciudades. No sé quién compra esos horrores, pero está claro que alguien debe comprarlos.

Pasó, pues, la época de la ropa a medida. No quiere decir que hoy no haya modistas y gente que siga acudiendo a ellas para hacerse la ropa a medida, pero son los menos. Los grandes almacenes y las variadas tiendas de modas, suplen con creces la demanda. Se ahorra tiempo y cuesta menos ir a El Corte Inglés y comprarte una falda que acudir a una sastra, que te tome medidas, que te haga pruebas y, varios días, o semanas, más tarde, tenga preparada tu prenda. Una no tiene horas suficientes al cabo del día para tal derroche de tiempo.

Hoy nuestros armarios están llenos a reventar de ropa, pero yo recuerdo con dulzura aquellas tardes de verano, sentada junto a mi abuela que me contaba no sé qué cosa, jugando con los hilos de colores o con los retales, mientras la máquina de mi tía traqueteaba al ritmo de sus pies, y el resto de las mujeres cosía dobladillos y cremalleras o pegaba botones en los vestidos que otras mujeres, ilusionadas, exhibirían en sus paseos por los jardines, la terraza del bar o en misa, en los días de la feria y demás fiestas de guardar.

Mari Carmen

sábado 24 de octubre de 2009

Como Barbie

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Era extraño ver a una muñeca con pechos, piernas largas y cintura estrecha. A mí me parecía algo extraordinario porque en la muy católica y apostólica -y mojigata- España de mi preadolescencia, esas muñecas hubieran sido tachadas de producto del demonio, por enseñar tan alegremente lo que no debía ser visto. Parece ser que las mujeres españolas, según nos había inculcado la Iglesia, no tenían pechos. Y si los tenían, sólo debían ser mostrados con recato al esposo. A nosotros, pues, nos llegó importada. Con el paso de los años, casi todos, por no decir todos los productos del demonio se nos han colado en casita y han sido aceptados tan ricamente.

Y nos llegó de fuera, digo, porque Barbie nació en Estados Unidos, para alegría de sus niñas que podían jugar con muñequitas que tenían una maravillosa colección de vestidos y muchísimos complementos. Lo sé porque a mi me regalaron una, cuando tenía once años. Quien me la dió fue precisamente una niña norteamericana, cuyo papá era militar, trabajaba en la base de Rota, y con una mamá que era una Barbie en tamaño persona. Esas muñecas estilizadas les servían, a las nenas, incluso de modelo porque, estoy segura, muchas querrían ser como su Barbie. Y no es difícil saber de dónde copiaron el cuerpo de la Barbie.

Sólo hay que ver a las modelos de la foto.

Mari Carmen