miércoles, 28 de octubre de 2009

Aprendiendo a dibujar figurines



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Pues, sí, estoy aprendiendo a dibujar figurines, y estoy encantada. Al mirarlos, al contemplar mis dibujos, siempre me acuerdo de los figurines que tenía mi abuela Eladia.

¿Dónde dormirán todos aquellos figurines que mi abuela y mi tía utilizaban para dar formas bonitas al organdí, la seda, la cretona, el algodón, el lino...? ¿Se fueron perdiendo, en nuestra casa, cuando la abuela ya dejó de coser? Los recuerdo bien porque andaban repartidos por toda la sala que hacía las veces de comedor y de sala de costura. Allí descansaban, sobre la mesa junto al jaboncillo y las tijeras; en los asientos de las sillas de cuyo respaldo colgaba la cinta métrica, o medio doblados en los canastos de los retales...

Yo me entretenía mirándolos. A veces incluso dibujaba sus figuras. Y siempre me hacían soñar con vestidos vaporosos, elegantes, que yo luciría por la calle o en un gran baile. Su colorido, su aspecto, su gracia, me fascinaban. Hubiera querido que me los hicieran todos, pero había que elegir.

Unos meses antes de las fiestas patronales, lo normal era que las mujeres se hicieran un vestido nuevo. También las niñas y las adolescentes. Recién estrenado el verano, la casa de mi abuela era un bullir de gente que entraba y salía, de sonidos de máquinas cosiendo mangas, cinturillas, haciendo pespuntes, acompañados de cuchicheos, de risas, y de moscas zumbando a nuestro alrededor. Y el pegajoso calor...

Y lo que no podía hacer la máquina lo remataban las expertas manos de mi abuela, de mis tías, de mi madre.

Las sesiones de costura tenían algo de tranquilizante, por su rutina. Me embelesaba cómo mi abuela tomaba medidas, cómo alisaba la tela, con mimo, cómo pasaba el jabón dejando un rastro azulado que después recorrería la tijera, firme y suavemente.

Jaretas, bodoques, festones, vainicas, puntillas, volantes... todo eso terminaba de embellecer una falda, un vestido, una camisa. Y el día de la feria, en la misa, en el Paseo, en la calle Mayor, casi todas lucirían, orgullosas, sus nuevas ropas, esas prendas que sólo se usarían los domingos y fiestas de guardar, porque el dinero escaseaba y la vestimenta se aprovechaba hasta el límite.

Las modistas tradicionales y los figurines marcaron una parte de mi infancia. Aún tardaría en llegar la época en que comprar vestidos, abrigos, faldas, camisas, sería algo barato y, en algunos casos, compulsivo. Todavía faltaba tiempo para que nuestros armarios rebosaran de prendas que, con una puesta o dos, dormirían colgadas de una percha hasta que, hartos de ver siempre el mismo color y la misma forma, terminarían hechos trapos para limpiar cristales o en la basura.

Aquellos figurines tenían la capacidad de mostrarnos una parte del mundo, lejana, de gustos exquisitos, de ciudades brillantes, y de hacernos desear conocerlo. Y ser como las muñecas-maniquíes que lucían los vestidos: Coquetas, sensuales, delicadas, deliciosas...

Los figurines desaparecieron de casa de mi abuela y desaparecieron también del mercado. Se acabó un tiempo que fue sustituido por otro más dinámico, más rico, más moderno. Fueron reemplazados, con el paso de los años, por las revistas tipo Burda y otras donde te entregaban los patrones y tú misma, sin ser modista, podías hacerte, con un poco de habilidad, una ropa estupenda. Pero rara vez quedaba como en la foto y menos aún a ti te quedaba como le quedaba a la bella joven que lo llevaba encima.

Proliferaron las tiendas de ropa. A los mercados y mercadillos llegaban vendedores cargados con todo tipo de trajes, a precios muy asequibles. Se acabó lo de tener un solo vestido para el domingo y fiestas de guardar. Las pasarelas de todo el mundo nos mostraban, a través del televisor, las tendencias de la moda, a veces extravagantes, otras con diseños imponibles, y, en general, para ver y poco más. Ropa exclusiva a la que pocos tienen acceso. La calidad, excepto para las firmas, se empezó a resentir.

El colmo del abaratamiento y de la mala calidad nos llegó desde China, con sus tejidos de ínfima clase. Vestidos horrorosos, de pésimo gusto, podemos verlos en los múltiples escaparates de las tiendas chinas que se diseminan por nuestras ciudades. No sé quién compra esos horrores, pero está claro que alguien debe comprarlos.

Pasó, pues, la época de la ropa a medida. No quiere decir que hoy no haya modistas y gente que siga acudiendo a ellas para hacerse la ropa a medida, pero son los menos. Los grandes almacenes y las variadas tiendas de modas, suplen con creces la demanda. Se ahorra tiempo y cuesta menos ir a El Corte Inglés y comprarte una falda que acudir a una sastra, que te tome medidas, que te haga pruebas y, varios días, o semanas, más tarde, tenga preparada tu prenda. Una no tiene horas suficientes al cabo del día para tal derroche de tiempo.

Hoy nuestros armarios están llenos a reventar de ropa, pero yo recuerdo con dulzura aquellas tardes de verano, sentada junto a mi abuela que me contaba no sé qué cosa, jugando con los hilos de colores o con los retales, mientras la máquina de mi tía traqueteaba al ritmo de sus pies, y el resto de las mujeres cosía dobladillos y cremalleras o pegaba botones en los vestidos que otras mujeres, ilusionadas, exhibirían en sus paseos por los jardines, la terraza del bar o en misa, en los días de la feria y demás fiestas de guardar.

Mari Carmen

8 comentarios:

  1. Solo un a vez vi un revista de figurines, en casa de la abuela. Era preciosa.Eran vestidos de niñas. Ya no la volví a ver más, y eso que busqué en los cajones de la cómoda. Aún tiene mamá la tela de un vestido que me hizo la abuela. Trastear en casa de los papas ,es una gozada, es volver al pasado constantemente :)
    Un beso

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  2. Fíjate que estoy por preguntarle a la tita Eladia si ella guarda algunos figurines de la abuela :)

    Si que está el comentario, ¿por qué no iba a estar? ¿Ves? Y además aparece tu nombre junto a los girasoles :)

    Un beso, guapa.

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  3. Posiblemente habrá alguno entre tanta tela y vestido. Un beso para las dos. Os quiere mucho este humilde navegante de blog.Mua, mua......

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  4. Hola, guapetón, ojalá que sí, porque se lo pienso pedir a tu madre :)

    Un beso, primo

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  5. UFFFF! como me alegra ver que tú tienes alma de creadora también... ¡Claro que sí! aquellas tardes cuando ibas a casa de la modista ... me encantaba ir con mi madre y también con mi abuela yo veía aquellos vestidos y aquellos figurines y soñaba con ellos.... me imaginaba los sombreros... tantas y tantas cositas ideales....Y llevas razón ahora es todo tan feo.... Recuerdo mis faldas de cuadros escoceses... mi loden.... ¡ay! Mari Carmen... Cómo me alegra que disfrutes del placer de hacerte cosas...¿ Sabes? yo no he tenido la oportunidad de aprender corte y eso es un pequeño lastre para las que hacemos patchwork y se nota mucho al plantear la labor...y esos pequeños truquitos para hacer mejor las cosas.... Te felicito por este nuevo blog y por tu nueva manera de usar el tiempo libre que, seguro te va dar muchísimas satisfaciones.¡Felicidades Mari Carmen. Te seguiré . LLevo unos días que no actualizo Angela desde mi sielencio... he pasado unos días tristes por Cottón.. mi mascota... Mari Carmen, sé que ya es mayor y tarde o temprano tendrá que ser pero ya está mejor y tengo muchas cosas atrasadas...para terminar...No tengo tiempo para nada... y los días vuelan...Un fuerte abrazo y mucho ánimo. Volveré.Angela

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  6. Querida amiga, no te preocupes, te entiendo muy bien, claro que los días vuelan. Y sí, estoy disfrutando mucho con la costura, es divertidísimo y espero empezar a hacerme cositas pronto. Por ahora estamos haciendo faldas para las muñecas, como yo digo, jajaja.

    Me alegro que Cotton esté mejor, Ángela :) Espero que dure mucho tiempo en tu compañía.

    Un beso grande.

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  7. Mari ¡te felicito por este nuevo blog! Creo que es el momento justo para comenzar con tu nuevo emprendimiento creativo.. Te va a dar tantas satisfacciones!!
    Es verdad lo que dices, hoy se habla un nuevo código y China nos ha deteriorado en el buen gusto y calidad, pero es impresionante la necesidad de muchísima gente creativa como tú, de volver a sentir la riqueza en torno a la costura. Riqueza espiritual, de momentos compartidos, de darle forma a telas maravillosas, de entrar en mercerías a la búsqueda de tesoros!
    Hilvanando la vida. Un término perfecto que encontraste y que encierra una esencia muy nuestra!
    ¡Que lo disfrutes a pleno amiga!
    Besos!
    Patricia

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  8. Leyendo tus post me asalta la nostalgia. Yo también recuerdo cuando cosía con mi madre en la puerta de casa, aún estaban las calzadas de tierra y cuando caía el sol la regaba para refrescarla y ya salirnos a coser...que tiempos felices.

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